miércoles, 20 de mayo de 2009

Las fantasías

Yo querría volar.
Con las manos el cielo tocar,
con las uñas poderlo rasgar
y luego aterrizar.



También me gustaría
ser un pez,
porque, por primera vez,
bajo el agua respiraría.



¿Y por qué no un pájaro?
Contra un conejo arremeter
y luego ¡a comer!
Pero, claro, sin ser avaro.

¡Déjate de tonterías!
Piensa en la realidad
no mentiras, la verdad.

¿La fantasía o la actualidad?

¿Qué preferirías

¿Por qué piensas en mentiras?

Fíjae cómo acabarás:

un asesino, un suicida

que finalmente sería

atrapado por el FBI o la CIA.

miércoles, 15 de abril de 2009

Nieve

En febrero, los niños de sexto fuimos a la nieve, a Candanchú. Algunos era nuestra primera vez. Y, como siempre, tiene que haber caídas. Entre que uno se cruza, que el otro se pisa los esquíes, que hay un salto. Finalmente todo el mundo acaba en el suelo.
Nos alojábamos en un albergue que se dividía en tres plantas. En la primera estábamos nosotros. En una de las habitaciones es donde estábamos cinco amigos y yo. En la de al lado, otros ocho amigos. La segunda era combinada. Y la tercera era de chicas.
Una noche hicimos desfile de pijamas. A un amigo pensábamos que lo habían raptado las chicas. Pero no era así. Lo estaban vistiendo para la ocasión. Los premios fueron: a la habitación más guarra, para los de la habitación de al lado. A los premios de habitación fueron para algunas chicas y para los guarros sólo que se lo quitaron y nos lo concedieron a nosotros.
Otros premios fueron al pijama más tierno, al más macarra, al más divertido, etc...
Lo mejor era que nos levantábamos por la mañana, desayunábamos y nos préparábamos para la primera batalla. Después esquiábamos un rato y nos íbamos a comer. Después de comer estaba la segunda batalla, en la cual mucha gente salia herida. Volviamos a esquiar y cuando nos marchábamos, otra vez guerra.
Por la tarde hacíamos actividades. Fue una semana inolvidable.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Odei, el dragón del humo naranja


Érase una vez un país lleno de montañas en el que las nubes, cuando oscurecía, bajaban despacito por sus laderas para tapar a los árboles y los animales que entre ellos se escondían. En aquel país vivían todo tipo de especies: ciervos, conejos, búhos, abejarucos… algunos pequeños gnomos también y muchas hadas. Aunque estos últimos no se mostraban habitualmente y habitaban las partes más boscosas del reino.

Había también un animal que los habitantes del lugar decían que existía pero pocos habían visto. Se trataba de un gran dragón de color verde que se alimentaba de galletas y zanahorias. O al menos eso creían los aldeanos porque cada mañana encontraban sus huertos arrasados solo en la parte en la que habitualmente plantaban sus tubérculos. Y habían notado también que las galletas que ponían a enfriar en las ventanas de sus casas desaparecían por las noches. Todo ello lo achacaban a Odei, así se llamaba el dragón, que debía comer todos los días muchas galletas y zanahorias para no perder la enorme fuerza que le permitía mover sus alas y recorrer los cielos del país vigilando a los niños. Porque Odei, cuando todavía no era más que un pequeño dragón, se había caído del nido en el que sus hermanos y él vivían, y se había roto los pequeños dientes que empezaban a salirle.

Afortunadamente para él, en aquella época lejana, poblada de caballeros legendarios y bellas damas, un noble señor que se encontraba de viaje por aquellas tierras, encontró al pequeño dragón semiescondido entre unos altos matorrales. Al principio, se acercó con mucho cuidado porque no tenía muy claro de qué tipo de animal se trataba. Odei era un cuerpo redondito cubierto de escamas, en cuya parte superior asomaban dos pequeñas alitas que hacían la competencia a los ojillos brillantes que asomaban en una cabeza redonda y chiquita.

El caballero, que había luchado en múltiples batallas con desigual resultado, nunca antes había visto un dragón pero había vivido lo suficiente como para distinguir a uno de ellos cuando lo tenía delante. Aunque, al principio, el temor fue grande, la curiosidad pudo más y se acercó, asegurándose antes de que la madre dragona no se hallaba en las proximidades. Odei, que había experimentado la dureza del suelo después de haber tratado de poner en práctica el mismo vuelo que había visto realizar a sus hermanos, estaba acurrucado esperando que pasara el tremendo dolor que había experimentado en la boca cuando aterrizó contra aquella roca que, al saltar, no había descubierto. Todavía seguía preguntándose por qué, al volar de la misma manera en que lo había visto hacer a su hermano mayor, él había tenido peor suerte. Lo que Odei no sabía es que el primogénito de los dragones de la camada hacía tiempo que tenía sus alas y cola desarrolladas al tamaño preciso para emprender el vuelo. Sin embargo, él sólo disponía aún de un remedo de cola y alitas, germen de lo que más tarde llegaría a ser.

Y aún se hacía esas preguntas y trataba de recuperarse del golpe recibido cuando sintió cómo unas manos fuertes lo atrapaban y lo sacaban de entre los matorrales.

Odei sintió miedo al principio de ese ser misterioso, cubierto de metal, que le transportaba subido en un hermoso corcel castaño. Sin embargo, a medida que la cabalgada avanzaba, comenzó a sentirse cómodo sobre sus piernas y se dejó arrullar por el vaivén del trote corto que caballo, caballero y dragón habían emprendido.

El pequeño ser fantástico despertó con el ruido de los cascos sobre el patio del castillo. Habían llegado a la que a partir de ahora sería su nueva casa. Pero Odei no veía nada. Parecía como si se hubiera hecho de noche. Aunque no podía serlo porque escuchaba perfectamente el bullicio que caracteriza un patio de armas. Y, aún sin reconocerlo, se asustó mucho al comprender que el caballero lo había metido en una especie de saco y no podía escapar por muchos esfuerzos que hacía. Además, sus constantes movimientos sólo obtuvieron como resultado un pescozón de advertencia que le disuadió de seguir intentándolo.

Odei, asustado y hambriento, sólo podía esperar a que el caballero decidiera liberarlo de su encierro. Cosa que no tardó mucho en ocurrir. Cuando el pequeño dragón sintió que la luz llegaba a través de una pequeña abertura, se lanzó con todas sus fuerzas hacia ella para encontrarse de bruces en el suelo de una amplia estancia en la que el fuego procedente de una chimenea caldeaba el ambiente. Odei, menudo como era todavía, rodando prácticamente sobre su gruesa panza, se escondió bajo la cama tratando de protegerse de la presencia del caballero que le observaba con tanta curiosidad como el pequeño dragón comenzaba a manifestar por él ahora que gozaba del cobijo del lecho.

Dragón y caballero se estudiaron mutuamente mientras ambos decidían si podían confiar uno en el otro. Fue el noble quien primero trató de acercarse al dragón. Poco a poco. Intentando no asustarlo. Odei sin embargo no tenía muy claro qué hacer pero el hambre y el miedo provocaban que por su boca escaparan sin control pequeñas lenguas de fuego que en breve produjeron una serie de ligeros incendios por toda la estancia. Primero una pata de la cama, luego una pequeña alfombra ubicada a los pies del lecho, después un zapato olvidado junto a un arcón… El caballero se olvidó por un momento de la presencia de Odei e inició un baile desenfrenado a lo largo y ancho de la habitación tratando de apagar las llamas que amenazaban con invadir todo el espacio.

La situación se tornó tan divertida que Odei, como buen dragón que era, comenzó a reírse con esa especio de rugido chirriante que todos los dragones emiten cuando se están divirtiendo. El caballero primero y, después, el propio Odei, se quedaron tan asombrados de esa risa dragona que por un momento se olvidaron de las llamas, del hambre y del miedo que ambos sentían uno del otro.

Podríamos decir que ése fue el inicio de todo. A partir de ese momento, caballero y dragón se convirtieron en grandes amigos. El noble señor, preocupado por la supervivencia del dragón, y no sabiendo muy bien qué podría gustarle, cogió lo primero que encontró. Su sirvienta había dejado sobre la mesa una bandeja con verduras cocinadas y un montón de galletas recién horneadas. Probó primero con las patatas pero Odei torció el gesto. Estaba claro que aquello no le gustaba. Insistió después con los nabos. Quizá el olor que desprendían hizo que el pequeño dragón reculara de nuevo. Probó a continuación con las zanahorias. Pensó que el color del tubérculo podría actuar como un atractivo adicional. Unas pocas zanahorias, entremezcladas con las galletas, como si de un bocadillo se tratara, fueron definitivamente el manjar que acabó por tentar a Odei. Ante el olor tan estupendo que desprendían las galletas y el color anaranjado que asomaba entre ellas y que, de alguna manera, le recordaba la panza amplia y confortable de su madre, hicieron que se acercara al caballero. Primero tímidamente y, al ver que el noble señor aguantaba estoicamente las pequeñas llamaradas que lamían sus zapatos con cada paso que daba el dragón, con un poco más de atrevimiento, Odei arrancó la comida de manos del caballero.

A partir de ese día, Odei, a quien meses más tarde volverían a salirle los dientes, se convirtió en la mascota secreta del caballero. Ante la posibilidad de que nadie comprendiera que había adoptado a un dragón, el caballero decidió recluirlo en la biblioteca del castillo, un lugar poco frecuentado por los habitantes de la mansión. Desde allí, y dado que se encontraba en la parte más alta del edificio, el dragón tenía una amplia visión del reino de manera que, en el momento en que sus alas estuvieran preparadas para volar, pudiera emprender el camino de una nueva vida.

Aunque, como ya he contado, Odei recuperó sus dientes, ningún manjar consiguió superar el placer que le proporcionaban las galletas y las zanahorias, de manera que, a partir de entonces, se convirtieron en su único sustento. Algo que al caballero, a la larga, le traería algunas complicaciones porque era difícil explicar las ingentes cantidades de zanahorias y galletas que el noble señor, supuestamente, engullía cada día.

Odei fue creciendo y, desde su privilegiada atalaya, aprendió a no temer a los aldeanos. Su señor le instruyó también en la necesidad de proteger y cuidar a los niños del reino. Y, cuando estuvo en disposición de volar, dejó el castillo para buscar un espacio escondido en lo alto de la montaña. Un lugar desde el que seguir vigilando para que ninguno de los ogros que poblaban la región pudiera atacar a ninguno de sus niños ni acabara con las cosechas de los aldeanos. A cambio de ello, Odei siempre tenía zanahorias y galletas recién hechas para alimentar la enorme panza que apuntaba tener siendo un pequeño cachorro de dragón y que finalmente, con el devenir del tiempo, había acabado convirtiéndolo en un precioso dragón de cola estrellada y cuernos dentados que era el orgullo de la región.

Y colorín colorado, este cuento ha terminado. No sé si os he contado que Odei ha aprendido a controlar su fuego pero cuando pasa por encima de las casas donde hay niños siempre expulsa un humo de color naranja que los protege de los ogros porque estos odian el humo y más el que tiene color zanahoria.

martes, 25 de noviembre de 2008

Visita de Goya

El día 24 de noviembre vinieron dos señoras y, como siempre, a Fernando se le olvidó decírnoslo. Venían para explicarnos la vida de Goya. !Ibamos a estar todo el día sin hacer nada!
Al final fue divertido. Nos empezaron explicando cuándo nació Goya, con quién se casó, sus obras de arte. Después, antes del recreo, empezamos a calcar un dibujo en linóleo, un plástico para hacer grabados. A mí me tocó un fusilado, cosa que me gustó mucho. Nos fuimos al recreo y, cuando volvimos, empezamos a hacer relieves con la gubia y a hacer nuestro dibujo para hacer el grabado.
Por la tarde, fue tranquila. Terminamos de hacer el relieve y llenamos el línoleo de pintura negra, le pusimos un papel encima y lo metimos en el toculto.
El grabado estaba hecho.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Los derechos de los niños

Los derechos del niño

Todos los niños tenemos derecho a una serie de cosas: a la educación, a una vivienda digna…
Por eso hoy reclamamos nuestros derechos. También tenemos obligaciones, pero eso no viene a cuento.
Los mayores no os dais cuenta de que hay cosas que no deberíais hacer: gritar a los niños, maltratarlos y, sobre todo, no mimarlos.
Por eso he escrito este poema:

Saltar, correr, jugar,
cantar, reír y bailar.

Nuestros derechos defendemos
hoy bastante reclamaremos
más convenceros intentaremos.

Este mundo es muy injusto.
Todo él, todo junto.
Cuando mañana te levantes
niños perjudicados habrá bastantes

Cuac, cua, cuac, cuac.
Este poema lo cierro con un muac.